Introducción: cuando la religión organizada se pone celosa

En el libro de Hechos capítulo cinco se registra una escena que se repite, con distintos rostros, en cada generación: los apóstoles hacían milagros y prodigios en medio del pueblo. Jesús ya no estaba físicamente con ellos, pero el Espíritu que Él había prometido seguía obrando con tanta fuerza que la gente sacaba a sus enfermos a las calles solo para que la sombra de Pedro los rozara al pasar. Multitudes venían incluso de ciudades vecinas, buscando lo mismo que buscamos hoy: la presencia real de Dios.

Ese avivamiento no pasó desapercibido. La religión organizada observaba con envidia: el sumo sacerdote y los saduceos tenían sus cultos, su liturgia, su estructura... pero no tenían presencia de Dios. Y cuando lo religioso pierde la presencia de Dios, casi siempre reacciona con control en lugar de hambre.

Llenos de celo, tomaron presos a los discípulos. Pero un ángel del Señor abrió las puertas de la cárcel durante la noche —no es el mismo episodio de Pablo y Silas; es otro milagro, en otro momento— y los envió de vuelta al templo a seguir predicando. Al día siguiente, cuando el sumo sacerdote mandó a buscarlos, la celda estaba vacía y ellos ya estaban de nuevo predicando, como si nada hubiera pasado.

Llevados de nuevo ante el concilio, Pedro respondió sin rodeos: preferían obedecer a Dios antes que a los hombres, y les recordó que ellos mismos habían dado muerte a Jesús colgándolo en un madero.

Esa respuesta encendió la furia del concilio hasta el punto de querer matarlos ahí mismo. Y en ese instante se levanta una voz inesperada: la de un hombre sin ningún interés personal en el grupo, pero que iba a pronunciar una de las declaraciones más sabias registradas en toda la Escritura.

El principio de Gamaliel (Hechos 5:34-40)

Ese hombre se llamaba Gamaliel. No era un simpatizante oculto del cristianismo ni alguien buscando protagonismo. Era un fariseo, doctor de la ley, miembro respetado del Sanedrín, y maestro de tal reputación que un joven llamado Saulo de Tarso —quien más tarde sería el apóstol Pablo— creció espiritual e intelectualmente sentado a sus pies. Si Dios permitió que sus palabras quedaran registradas para siempre en las Escrituras, es porque ese principio no era solo para el Sanedrín del primer siglo: era también para nosotros.

Gamaliel no defendió a los apóstoles porque estuviera convencido de su mensaje. Los defendió con un argumento que trasciende la discusión teológica del momento y se convierte en un principio universal:

"Apartaos de estos hombres, y dejadlos; porque si este consejo o esta obra es de los hombres, se desvanecerá; mas si es de Dios, no la podréis destruir; no seáis tal vez hallados luchando contra Dios". Hechos 5:38-39

Antes de esa advertencia, Gamaliel había recordado a otros hombres que en su tiempo también se levantaron liderando movimientos, reunieron seguidores, generaron expectativa... y con el tiempo simplemente se desvanecieron. No hizo falta perseguirlos: el tiempo mismo los disolvió, porque lo que tenían no venía de Dios. No era, además, la primera advertencia de este tipo: durante el juicio a Jesús, la esposa de Pilato le había enviado a su esposo un mensaje casi idéntico en espíritu: "Nada tengas que ver con ese justo, porque hoy he padecido mucho en sueños por causa de él" (Mateo 27:19).

Esa sola frase de Gamaliel detuvo, al menos por ese momento, la ejecución de los apóstoles. Y ese mismo principio —lo que nace de Dios permanece; lo que nace del hombre, tarde o temprano se desvanece— sigue siendo hoy una brújula confiable para discernir nuestras propias decisiones, proyectos, relaciones y llamados.

1. Permanencia en una generación de lo desechable

Vivimos rodeados de una cultura que ha convertido la permanencia en una rareza. Matrimonios que duran lo que un suspiro. Noviazgos que se rompen tras la primera caída, dejando a alguien tratado como material desechable. Modas que cambian tan rápido que la ropa comprada la temporada pasada ya no sirve ni para el clóset.

Esta cultura del descarte se filtra también en cómo vemos el llamado, el ministerio y los proyectos. Queremos resultados inmediatos, cosecha sin haber sembrado. Cuando algo no florece en el tiempo que esperábamos, lo abandonamos, sin preguntar si en realidad nació de Dios. Por eso vale la pena honrar la trayectoria de quienes permanecieron firmes en medio de la persecución, del desánimo y del tiempo, aun cuando nadie los aplaudía.

Un amigo, me dio hace años un consejo que no he olvidado: "Para permanecer en el ministerio necesitas piel de rinoceronte. Voy a orar para que Dios te la forme". Le pregunté por qué piel de rinoceronte. Su respuesta fue clara: "Porque aquí hay que aguantar. Esto no es una carrera de cien metros; es un maratón de resistencia". Permanecer, en el reino de Dios, casi siempre implica resistencia antes que velocidad.

2. Lo que se siembra en silencio, también está creciendo

La vida espiritual tiene picos de monte y también temporadas de meseta. Hay momentos en que no queremos ni podemos salir de la cueva. Ningún predicador honesto puede decirle a su congregación que todo tiempo es de victoria en victoria, porque no lo es. Quien atraviesa un duelo o una temporada de dolor no tiene por qué fingir un gozo que no siente. Esas temporadas también forman parte del crecimiento.

Jesús mismo pasó treinta años en un taller de carpintería, en aparente silencio, antes de solo tres años de ministerio público. Nosotros, en cambio, muchas veces pretendemos prepararnos tres años y servir treinta, sin pasar por el desarrollo silencioso que toda obra genuina de Dios requiere.

Jesús ilustró este mismo principio con una parábola: "Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra; y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo" (Marcos 4:26-27). El agricultor no entiende exactamente el proceso, pero confía en él. Entierra la semilla, y al día siguiente el terreno no muestra ningún cambio visible... aunque debajo de la superficie ya está ocurriendo lo más importante.

Recuerdo un video de un agricultor sembrando tomates y pepinos: abría la tierra, colocaba la semilla, la cubría de nuevo, y una vez enterrada, esa semilla literalmente moría como semilla para convertirse en planta. Al día siguiente, el terreno no mostraba nada distinto. Sin embargo, si alguien caminaba demasiado cerca del sembradío, el agricultor advertía: "¡No me pisen la huerta!". Aunque a simple vista no había nada, todo estaba gestándose bajo tierra.

Usted y yo no siempre podemos saber cuándo ni cómo va a germinar aquello que Dios sembró en nuestro corazón. Eso es longevidad. Eso es, en esencia, el principio de Gamaliel: todo lo que Dios hace, permanece, aun cuando ante nuestros ojos parezca que no está resultando. Si tiene fruto, es porque fue inspirado por Dios, y tarde o temprano usted recibirá su cosecha. Nadie podrá detenerlo definitivamente, porque quien se le oponga estaría resistiendo al Señor mismo.

3. Cuando Dios cierra una puerta, también está respondiendo

José no se rindió, ni en el pozo, ni en la casa de Potifar, ni en la cárcel egipcia donde pasó años olvidado. Daniel tampoco se rindió, aun cuando algunas de sus propias oraciones parecían no ser respondidas: oró para que Israel no cayera en cautividad, y de todos modos cayó. Desde una perspectiva humana, esas oraciones parecerían no haber sido escuchadas. Pero Dios seguía obrando, incluso a través de lo que parecía negación.

Aquí está una de las verdades más liberadoras de este mensaje: cuando usted ora para que Dios abra una puerta y esa puerta se cierra, eso no significa que Dios no respondió. Significa que sí respondió, solo que su respuesta fue "por aquí no es". No se apresure a tomar decisiones drásticas únicamente porque las cosas no salieron como esperaba. La pregunta correcta nunca es "¿qué hago ahora?", sino "¿esto nació de Dios?".

"No os afanéis, pues, por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal." Mateo 6:34

Vivir el día de hoy con plenitud no significa ignorar el mañana. La Palabra también nos llama a planificar, a sembrar hoy pensando en lo que vendrá después. Dios mismo es un Dios de planificación: Él hace hoy lo que dará fruto mañana, aunque todavía no podamos verlo.

4. Cómo aplicar hoy el principio de Gamaliel

Antes de abandonar, forzar o dudar de aquello que lleva en el corazón, valdría la pena hacerse algunas preguntas honestas:

  • ¿Nació esto en oración y búsqueda genuina de Dios, o de mi entusiasmo, mi ansiedad o la presión de otros?

  • ¿Estoy en paz cuando lo pongo delante de Dios, o esa "paz" es en realidad conformismo o miedo disfrazado?

  • ¿Estoy dispuesto a esperar el tiempo que haga falta, sin exigirle a Dios resultados inmediatos?

  • ¿Estoy interpretando una puerta cerrada como el fin de la historia, o como una respuesta legítima de Dios?

  • ¿Puedo nombrar alguna evidencia de que esto ha estado dando fruto, aunque sea pequeño y lento?

Ninguna de estas preguntas sustituye el discernimiento personal ni el consejo pastoral, pero sí ayudan a trasladar el principio de Gamaliel de la teoría a la vida diaria: de la sala del Sanedrín a su casa, su matrimonio, su negocio o su ministerio.

Lo que es de Dios, permanece

Se calcula que el setenta por ciento de los ministros abandona el llamado antes de cumplir cuatro años, y que solo el veinte por ciento supera los siete. La mayoría renuncia justo antes de producir su mayor impacto, en ese tramo silencioso donde la semilla todavía no ha germinado. Y no es exclusivo del ministerio: aplica a matrimonios que se rinden en el año más difícil y a sueños abandonados en la última milla.

Pero cuando usted sabe, con certeza, que lo que lleva en el corazón nació de Dios, eso le da paz para permanecer, sin importar cuánto tarde en manifestarse el fruto. Si nació de Dios, nada ni nadie podrá detenerlo. Y quien se le oponga, en realidad no estará peleando contra usted, sino contra Dios mismo.

"Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo." Filipenses 1:6

El principio de la permanencia no acelera los tiempos de Dios, pero sí facilita el cumplimiento de las metas a largo plazo. Las visiones necesitan tiempo para madurar.

Antes de preguntarse qué hacer con esa relación, ese ministerio o ese sueño que hoy parece estancado, hágase la única pregunta que realmente importa: ¿esto nació de Dios? Si la respuesta, examinada con honestidad delante de Él, es sí, no tiene que cargar usted solo con la responsabilidad de sostenerlo. Lo que es de Dios, Dios mismo lo sostiene. Lo que es de Dios, permanece.