El nivel profundo de la comunión

“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.” 2 Corintios 3:18


No todo el que mira, contempla

Hay una diferencia profunda entre ver a Cristo, hablar de Cristo, servir para Cristo y contemplar a Cristo.

Muchos pueden llamarse o autodenominarse cristianos porque creen en doctrinas correctas, asisten a cultos, conocen himnos, tienen lenguaje evangélico, participan de actividades y hasta sirven en algún ministerio. Pero el cristianismo no fue diseñado para producir solamente personas informadas acerca de Jesús, sino personas transformadas por estar delante de Jesús.

La contemplación es un nivel más profundo de comunión y adoración.

  • No es mirar de prisa.

  • No es observar superficialmente.

  • No es recordar a Cristo solo en momentos de necesidad.

  • No es usar a Cristo como auxilio, argumento o costumbre religiosa.

Contemplar a Cristo es detener el alma delante de Él hasta que su gloria comience a ordenar nuestros pensamientos, sanar nuestros afectos, quebrantar nuestro orgullo y formar en nosotros su misma imagen.

  • Una cosa es que Cristo esté en nuestra confesión.

  • Otra cosa es que Cristo esté en nuestra contemplación.

La pregunta hoy no es solamente: ¿Crees en Cristo? sino: ¿Lo estás contemplando?

Porque aquello que contemplamos nos forma. Lo que miramos con frecuencia termina educando nuestros deseos. Lo que admiramos termina gobernando nuestras decisiones. Y lo que contemplamos con devoción termina pareciéndose a nosotros, o mejor dicho, nosotros terminamos pareciéndonos a eso.

Por eso Pablo dice: “mirando… la gloria del Señor, somos transformados”. La transformación no nace primero del esfuerzo humano, sino de una visión espiritual sostenida: mirar a Cristo hasta ser cambiados por Cristo.


¿Qué significa contemplar?

La Real Academia Española define contemplar como “poner la atención en algo material o espiritual” y también como “considerar o tener presente algo o a alguien”. Es decir, contemplar no es una mirada distraída, sino una atención sostenida, una presencia interior frente a aquello que se mira. (Diccionario de la RAE)

La palabra viene del latín contemplari, con el sentido de “mirar atentamente, observar, considerar”. Su trasfondo etimológico tiene relación con la idea de apartar o marcar un espacio para observar; de allí la conexión con templum, un espacio señalado para la observación sagrada. (Diccionario de Etimología)

Esto es muy hermoso espiritualmente: contemplar es hacerle espacio a Dios en el alma.

No se contempla a Cristo en la prisa.
No se contempla a Cristo con el corazón saturado.
No se contempla a Cristo mientras el alma corre detrás de mil voces.

Contemplar exige un “templo interior”: un espacio separado dentro de nosotros donde Cristo no sea una idea más, sino el centro de la mirada.


El lenguaje bíblico de la contemplación

En el Nuevo Testamento aparecen varias palabras griegas que nos ayudan a entender esta verdad.

A. Katoptrizomai — mirar como en un espejo

En 2 Corintios 3:18, Pablo usa la palabra griega κατοπτριζόμενοι / katoptrizomenoi, relacionada con mirar o reflejar como en un espejo. El texto dice que al contemplar la gloria del Señor “somos transformados en la misma imagen”. Algunas fuentes léxicas explican el término como mirar en un espejo, reflejar o contemplar. (StudyLight.org)

Aquí está el principio central:

La contemplación produce transformación.

Pablo no dice: “somos transformados por mirar nuestros defectos”.
No dice: “somos transformados por compararnos con otros”.
No dice: “somos transformados por vivir obsesionados con nuestras caídas”.

Dice: mirando la gloria del Señor.

La santidad interior no comienza con una mirada enfermiza hacia el yo, sino con una mirada de adoración hacia Cristo.

  • Cuando miro demasiado mis heridas, puedo hundirme.

  • Cuando miro demasiado mis enemigos, puedo llenarme de amargura.

  • Cuando miro demasiado mis logros, puedo llenarme de orgullo.

  • Pero cuando miro a Cristo, soy transformado.


B. Theaomai — mirar de cerca, contemplar con percepción

En Juan 1:14 se dice:

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria…”

La palabra griega traducida como “vimos” es θεάομαι / theaomai, que significa mirar atentamente, observar de cerca, contemplar, percibir. (Bible Hub)

Juan no está diciendo simplemente: “vimos a Jesús caminar”.
Está diciendo: “contemplamos su gloria”.

  • Vieron sus manos tocar leprosos.

  • Vieron sus ojos llorar frente a una tumba.

  • Vieron su autoridad sobre demonios.

  • Vieron su compasión por los quebrantados.

  • Vieron su paciencia con los lentos de corazón.

  • Vieron su santidad sin dureza y su gracia sin liviandad.

Contemplar a Cristo es mirar más allá de la superficie histórica de Jesús para reconocer la gloria divina revelada en su humanidad.

  • Cristo no solo vino para ser analizado.
    Vino para ser contemplado.

  • No solo vino para ser estudiado.
    Vino para ser amado.

  • No solo vino para ser citado.
    Vino para ser seguido.


C. Aphorao — apartar la mirada de todo para fijarla en Jesús

En Hebreos 12:2 leemos:

“Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe…”

La expresión “puestos los ojos” viene del griego ἀφοράω / aphorao, que transmite la idea de apartar la mirada de otras cosas para fijarla en una sola dirección. En Hebreos 12:2, esa dirección es Jesús. (Bible Hub)

Este es un aspecto decisivo de la contemplación:

No basta mirar a Cristo; hay que dejar de mirar lo que compite con Cristo.

  • Hay miradas que roban comunión.

  • Hay preocupaciones que nublan la fe.

  • Hay heridas que se vuelven altares.

  • Hay deseos que se vuelven ídolos.

  • Hay pantallas que ocupan el lugar del rostro de Dios.

  • Hay voces que hacen más ruido que la voz del Pastor.

Contemplar a Cristo implica una renuncia visual y espiritual:

“Señor, aparto mis ojos de lo que me domina, de lo que me confunde, de lo que me seduce, de lo que me amarga, de lo que me distrae, y vuelvo a fijar mi mirada en Ti.”


Contemplar a Cristo es un nivel de comunión

Hay niveles en la vida cristiana.

Uno puede acercarse a Cristo por necesidad.
Otro puede seguir a Cristo por gratitud.
Otro puede servir a Cristo por obediencia.
Pero hay un nivel más profundo: permanecer delante de Cristo por amor.

Eso es contemplación.

María de Betania entendió esto. Mientras Marta estaba afanada con muchos quehaceres, María se sentó a los pies de Jesús y oía su palabra. Jesús no despreció el servicio de Marta, pero corrigió su ansiedad y dijo:

“María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.”
Lucas 10:42

  • La buena parte no era inactividad.

  • La buena parte era prioridad.

  • La buena parte era Cristo antes que la tarea.

  • La buena parte era presencia antes que rendimiento.

  • La buena parte era comunión antes que activismo.

Hay creyentes que trabajan para Dios, pero ya casi no se sientan con Dios.
Defienden la doctrina, pero no disfrutan al Señor.
Sostienen una agenda, pero han perdido el asombro.
Hacen muchas cosas “para Cristo”, pero lo contemplan muy poco.

Y cuando se pierde la contemplación, el servicio se vuelve carga, la doctrina se vuelve piedra, la oración se vuelve un trámite y la iglesia se vuelve rutina.


¿Qué vemos cuando contemplamos a Cristo?

Vemos su gloria

“Y vimos su gloria…”
Juan 1:14

No una gloria distante, e inaccesible.
Una gloria encarnada.
Una gloria llena de gracia y verdad.

En Cristo, Dios no se escondió detrás de una nube; se acercó en carne.
No vino solo con mandamientos; vino con rostro.
No vino solo con fuego; vino con lágrimas.
No vino solo con autoridad; vino con heridas.

Contemplar a Cristo es mirar la gloria de Dios en el rostro del Salvador.


Vemos su mansedumbre

“Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón…”
Mateo 11:29

Cristo no solo debe ser admirado por sus milagros, sino contemplado por su carácter.

Su mansedumbre no era debilidad.
Su humildad no era inseguridad.
Su ternura no era falta de autoridad.
Su silencio no era derrota.

Cristo podía callar frente a Pilato y vencer al infierno.
Podía lavar pies y seguir siendo Señor.
Podía abrazar niños y reprender demonios.
Podía perdonar pecadores y confrontar hipócritas.

Cuando contemplamos su mansedumbre, nuestro corazón violento empieza a rendirse. Cuando contemplamos su humildad, nuestro orgullo empieza a quebrarse.


Vemos su cruz

“Mirarán a mí, a quien traspasaron…”
Zacarías 12:10

La contemplación cristiana siempre termina frente a la cruz.

No contemplamos a Cristo como una idea estética, sino como el Cordero inmolado.
No miramos solamente su poder, sino su entrega.
No miramos solamente su corona, sino sus clavos.
No miramos solamente su trono, sino su sangre.

En la cruz, Cristo no solo revela cuánto odia Dios el pecado; revela cuánto ama Dios al pecador.

El alma que contempla la cruz no puede seguir amando livianamente el pecado.
El corazón que contempla al Crucificado no puede seguir viviendo para sí mismo.


Vemos su resurrección y su exaltación

Hebreos 12:2 no solo nos muestra a Jesús padeciendo la cruz; también nos lo muestra sentado a la diestra del trono de Dios. (Bible Hub)

Eso significa que contemplamos a un Cristo vivo.

No estamos mirando el recuerdo de un mártir.
Estamos mirando al Señor resucitado.
No contemplamos una tumba cerrada.
Contemplamos un trono ocupado.

Él vive.
Él reina.
Él intercede.
Él sostiene.
Él volverá.

Por eso el creyente no contempla a Cristo para escapar de la realidad, sino para recibir fuerza para atravesarla.


El fruto de contemplar a Cristo

El fruto no es emoción pasajera.
El fruto es transformación.

“Somos transformados de gloria en gloria…”
2 Corintios 3:18

La palabra “transformados” apunta a un cambio profundo, no cosmético. Dios no maquilla el alma; Dios la transforma.

El que contempla a Cristo comienza a parecerse a Cristo:

Donde había ansiedad, empieza a crecer paz.
Donde había dureza, empieza a crecer ternura.
Donde había orgullo, empieza a crecer humildad.
Donde había frialdad, empieza a crecer amor.
Donde había confusión, empieza a crecer discernimiento.
Donde había culpa, empieza a crecer libertad.
Donde había religión seca, empieza a brotar comunión viva.

La contemplación verdadera no nos hace pasivos; nos hace más semejantes a Jesús.

Moisés bajó del monte con el rostro resplandeciente porque había estado con Dios.
Pedro y Juan, aunque eran hombres sin letras, fueron reconocidos porque “habían estado con Jesús”.
Pablo fue cambiado de perseguidor a apóstol porque Cristo se le reveló.

Nadie contempla verdaderamente a Cristo y queda igual.


Señales de que hemos dejado de contemplar

Conviene preguntarnos con sinceridad:

¿Estoy sirviendo más de lo que estoy mirando a Cristo?
¿Estoy hablando más de Dios que hablando con Dios?
¿Estoy defendiendo verdades que ya no me quebrantan?
¿Estoy más pendiente de los defectos de otros que de la hermosura del Señor?
¿Estoy más afectado por las noticias, las redes, las ofensas y las cargas que por la gloria de Cristo?
¿Mi alma todavía se asombra delante de Jesús?

Una iglesia puede tener música, agenda, doctrina, organización y actividad, pero si pierde la contemplación de Cristo, pierde su centro.

La iglesia no existe para contemplarse a sí misma.
No existe para admirar sus logros.
No existe para entretener multitudes.
No existe para competir con el mundo.

La iglesia existe para mirar a Cristo, adorar a Cristo, predicar a Cristo, parecerse a Cristo y esperar a Cristo.


Contemplar a Cristo

Volvamos a contemplar a Cristo.

Cristo en su santidad, para limpiar nuestra conciencia.
Cristo en su ternura, para sanar nuestras heridas.
Cristo en su cruz, para perdonar nuestro pecado.
Cristo en su resurrección, para levantar nuestra esperanza.
Cristo en su gloria, para darnos de su realeza.
Cristo en su venida, para despertar la santidad de vida.

Tal vez algunos han estado mirando demasiado sus problemas.
Otros han estado mirando demasiado sus frustraciones.
Otros han estado mirando demasiado sus pérdidas.
Otros han estado mirando demasiado sus heridas.
Otros han estado mirando demasiado su cansancio.
Otros han estado mirando demasiado el pecado que los persigue.

Pero el Espíritu nos llama otra vez:

“Puestos los ojos en Jesús…”

Mira a Cristo.
Contempla a Cristo.
Permanece delante de Cristo.
Porque lo que tú no puedes cambiar con tus fuerzas, el Espíritu lo transforma mientras contemplas la gloria del Señor.