Saltar al contenido

Cuando Cristo es Revelado

Cuando Cristo es Revelado

“Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.”Mateo 16:15-17

Introducción

No estamos aquí en la tierra únicamente para cantar, orar, cumplir un programa o participar en un servicio especial. Hemos venido a una cita con la eternidad. El cielo puede hacer algo mucho más profundo que solo emocionarnos: el Espíritu Santo puede revelarnos a Cristo.

Porque hay una gran diferencia entre haber oído hablar de Jesús y haber recibido una revelación viva de quién es Él.

  • Una cosa es saber que Jesús salva; otra cosa es verlo como tu Salvador.
  • Una cosa es saber que Jesús sana; otra cosa es tocar el borde de su manto con fe.
  • Una cosa es saber que Jesús viene; otra cosa es vivir con las lámparas encendidas y el aceite fluyendo.
  • Una cosa es repetir doctrinas correctas, y otra muy diferente es ser quebrantados por una revelación celestial.

Porque cuando Cristo es revelado, la religión se rompe, el altar vuelve a arder, el pecado pierde su encanto, la iglesia recupera su autoridad y el creyente deja de vivir de opiniones humanas para comenzar a vivir por convicciones del Espíritu.

La pregunta que Jesús hizo en Mateo 16 sigue vibrando en este lugar: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” No es una encuesta teológica fría; es una pregunta que desnuda el alma. No basta con saber qué dice la tradición, la teología nominal o la religión. Hay una pregunta personal, directa: ¿Quién es Cristo en tu experiencia viva?

El Progreso de una Revelación

La revelación de Cristo comienza donde terminan las opiniones humanas

Jesús preguntó primero qué decía la multitud en la calle: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” (Mateo 16:13). Los discípulos respondieron: “Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas” (Mateo 16:14).

Observe esto: la gente no hablaba mal de Jesús; lo comparaban con los hombres más grandes de la historia bíblica. Lo veían como un profeta de fuego, de poder o de lágrimas. Pero aunque esas opiniones sonaban honorables, estaban completamente incompletas.

Aquí hay una verdad profunda: Una opinión alta de Cristo todavía puede ser una revelación baja de Cristo. Hay personas que admiran a Jesús como maestro, pero no se rinden a Él como Dueño de sus vidas. Por eso Jesús cambia la pregunta y la vuelve directa: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mateo 16:15). Es decir: "Ya sé lo que dice la multitud, pero ustedes que caminan conmigo, ¿ya descubrieron quién habita dentro de este velo de carne?"

La multitud se mueve por milagros y emociones, pero el discípulo se sostiene por revelación. Por eso, en Juan 6:66-69, cuando muchos volvieron atrás por la dureza de la palabra, Pedro dijo: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Cuando Cristo no ha sido revelado, cualquier crisis o proceso te saca del camino; pero cuando tienes revelación, tienes raíz, permanencia y firmeza inamovible.

La revelación de Cristo no viene de carne ni sangre

Cuando Pedro confiesa a Cristo, Jesús le dice de inmediato: “Bienaventurado eres, Simón... porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mateo 16:17). Pedro había visto milagros y oído sermones, pero Jesús le aclara que esa verdad no la descubrió por su inteligencia natural, ni por lógica humana, ni por tradición heredada. Vino directamente del Espíritu.

Hay cosas que se aprenden estudiando, y debemos escudriñar la Escritura; pero la dimensión gloriosa de quién es Cristo solo se abre cuando el Espíritu Santo alumbra el entendimiento. Pablo, escribiendo a la iglesia, oraba: “Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento...” (Efesios 1:17-18).

Cuidado: la revelación verdadera no es inventar una doctrina nueva ni salirse de la Biblia. La revelación es el Espíritu Santo abriendo nuestros ojos para ver la profundidad de lo que Dios ya declaró. Como dijo Jesús en Juan 5:39: “Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí”. La carne puede aprender formas, vocabulario pentecostal y rutinas de culto, pero solo Dios puede quitar el velo para que veas al Rey de gloria.

La revelación verdadera siempre le da la preeminencia a Cristo

Pedro no redujo a Jesús a un simple proveedor de milagros. La revelación verdadera no pone al hombre en el centro, no infla el ego del predicador ni convierte a Dios en un amuleto para caprichos humanos. La revelación viene a ti postrado, dándole a Cristo el lugar que le corresponde.

El apóstol Pablo lo describe con total claridad en Colosenses 1:15-18: “Él es la imagen del Dios invisible... Porque en él fueron creadas todas las cosas... todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia... para que en todo tenga la preeminencia”.

Preeminencia significa que Cristo no comparte su gloria con nadie. Él está arriba, en el centro, gobierna, sostiene y define todo. Cuando esta revelación te golpea el corazón, repites lo de Filipenses 3:7-8: “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo... por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor”. Tu ego mengua para que Él crezca (Juan 3:30).

La revelación de Cristo produce identidad y autoridad

Inmediatamente después de la confesión de Pedro, Jesús le responde: “Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia…” (Mateo 16:18). Observe este orden divino: Pedro revela quién es Cristo, y entonces Cristo revela quién es Pedro. Cuando tú descubres quién es Cristo, descubres quién eres tú.

La identidad correcta del creyente no nace de su pasado, de su dolor, de su apellido, de sus heridas, de sus fracasos ni de sus títulos académicos. Nace de una revelación viva de Cristo. Porque cuando Cristo es revelado, el pecador descubre perdón, el quebrantamiento descubre restauración, el esclavo descubre libertad, el religioso descubre altar, el cansado descubre reposo, el llamado descubre propósito, el tímido descubre autoridad, el caído descubre gracia y el muerto descubre vida.

Pedro era simplemente Simón, hijo de Jonás, un pescador inestable. Pero Cristo le dijo: “Tú eres Pedro”. En otras palabras: "Yo sé de dónde vienes, pero también sé lo que haré contigo. Yo sé tu historia, pero también sé tu destino. Yo sé tu carácter, pero sobre la roca de esta revelación te voy a afirmar". Cristo no solo revela su gloria; Cristo también revela nuestro propósito. La iglesia que recibe revelación de Cristo recibe identidad, fuego y autoridad contra las tinieblas.

Cristo revelado como el Cordero

A partir de este fundamento, el Espíritu Santo nos lleva por un camino de revelación progresiva. Lo primero que el hombre necesita ver es a Cristo como el sacrificio perfecto. Juan el Bautista lo vio caminar y profetizó: “He Aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

El problema más profundo de la humanidad no es de índole económica o emocional; es el pecado que separa al hombre de su Creador. Cristo no vino a maquillar el pecado ni a entretener al pecador; vino a arrancar el pecado desde la raíz.

Fuimos comprados a un precio intolerable para el diseño humano. Como dice 1 Pedro 1:18-19: “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir... no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación”. Cuando se te revela el Cordero, la cruz deja de ser un simple colgante o un símbolo histórico, y se convierte en el lugar de tu redención.

Cristo revelado como el Pan de Vida

Jesús no solo limpia el pasado del hombre como Cordero; también sostiene su presente. Él declaró: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (Juan 6:35).

Esta generación sufre de una profunda desnutrición espiritual. Intentan saciar el alma con entretenimiento, dinero, reconocimiento o placeres, pero el vacío sigue gritando por dentro. El alma fue diseñada por Dios y solo lo divino puede llenarla.

En el Antiguo Testamento, Dios procesó a su pueblo en el desierto para enseñarle esta verdad. Deuteronomio 8:3 dice: “Y te afligió, y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná... para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. Cristo no es solo alguien que te da cosas; Él mismo es el alimento indispensable que sostiene tu vida espiritual día tras día.

Cristo revelado como la Luz del Mundo

El camino sigue avanzando. El hombre redimido y alimentado necesita dirección en medio de un cosmos en tinieblas. Jesús proclamó: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12).

Las tinieblas de este siglo no son solo pecado moral evidente; se manifiestan como confusión mental, ideologías destructivas y ceguera espiritual. En 2 Corintios 4:3-5, Pablo desenmascara la operación del enemigo: “Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor...”.

Por eso mi mensaje esta noche no es un discurso de motivación humana ni un espectáculo de entretenimiento. Predicar es desatar una guerra contra las tinieblas del enemigo mediante la proclamación de Cristo como Señor absoluto. Cuando su luz resplandece en el entendimiento, las cadenas ocultas quedan al descubierto y la mentira pierde todo su poder.

Cristo revelado como el Buen Pastor

Cristo no es una deidad lejana que ilumina el mundo desde la distancia; Él desciende al terreno de nuestras debilidades. “Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas” (Juan 10:11). Él no opera como un asalariado que huye cuando viene el lobo o que explota el rebaño para su propio beneficio; Él cuida con un amor protector y eterno.

Jesús define la relación íntima con su iglesia en Juan 10:27-28: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano”. Esta revelación sana profundamente a una generación marcada por la orfandad, el rechazo y el abandono.

Él no se limita a mirar la multitud de forma genérica; Él conoce tu nombre, tu herida, tus batallas en el silencio y tus lágrimas en la madrugada. Como escribió el salmista en el Salmo 23:1-3: “Jehová es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar... Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre”.

Cristo revelado como Señor y Dios Manifestado en Carne

Quien caminaba con los discípulos, quien sanaba a los enfermos y quien multiplicaba los panes, no era una segunda persona de un comité celestial. ¡Era el Dios eterno e indivisible vistiendo un velo de carne!

La profecía de Isaías 9:6 ya lo había anticipado con absoluta claridad: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz”. El mismo que nació como un niño en el pesebre es el Dios Fuerte y el Padre Eterno.

Por eso, cuando Felipe, confundido por la teología de su época, le dijo en la última cena: “Señor, muéstranos el Padre, y nos basta”, Jesús lo miró con asombro y le respondió en Juan 14:8-9: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?”.

No busques al Padre fuera de Jesús. El Padre es la deidad invisible; el Hijo es esa misma deidad hecha visible, palpable y cercana. Como afirma de forma contundente 1 Timoteo 3:16: “E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, Justificado en el Espíritu, Visto de los ángeles, Predicado a los gentiles, Creído en el mundo, Recibido arriba en gloria”. ¡Jesús es Jehová manifestado en la tierra para la redención de nuestras almas!

Cristo revelado como el Rey Glorificado

Este Dios manifestado en carne no se quedó en la debilidad de la cruz, ni encerrado en una tumba prestada, ni camina hoy como un humilde Galileo sufriente. El apóstol Juan, el mismo que recostaba su cabeza en el pecho de Jesús durante la cena, tuvo una revelación en la isla de Patmos de cómo luce Cristo hoy en su estado eterno.

Apocalipsis 1:12-18 describe que Juan vio a uno semejante al Hijo del Hombre: “...vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes al bronce bruñido... y su voz como estruendo de muchas aguas... y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza. Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades”.

Él es el Alfa y la Omega, el soberano absoluto sobre la historia, el Rey de reyes que pronto volverá con poder y gran gloria para reclamar a su iglesia. Como profetizó Zacarías 14:9: “Y Jehová será rey sobre toda la tierra. En aquel día Jehová será uno, y uno su nombre”. ¡Y ese nombre soberano y eterno es el nombre de JESÚS!

Revelame a Cristo

Iglesia del Señor, la revelación teológica carece de valor si no produce una transformación en tu realidad diaria. Si ya conoces y has visto a Cristo como el Cordero, no puedes seguir coqueteando con el pecado que a Él le costó la vida en la cruz. Si se te ha revelado como el Pan de Vida, debes abandonar las cisternas rotas de este mundo que no sacian y volver a alimentarte diariamente de su presencia. Si lo reconoces como el Dios Manifestado en Carne, tus rodillas deben doblarse ante su soberanía indiscutible y tu boca debe honrar su Nombre por encima de cualquier circunstancia.

La revelación desmantela toda altivez humana en esta vigilia. Ya no podemos vivir una fe prestada, basada en las experiencias de otros o en la herencia de nuestros padres. La iglesia no se sostiene por la elocuencia del predicador, sino por la firmeza de la roca de la revelación de Jesucristo. Cuando la gloria del Dios Todopoderoso invade el corazón del creyente, el orgullo se desvanece, las excusas se acaban y nos convertimos en templos vivos donde el fuego del Espíritu Santo arde continuamente sin apagarse jamás.

Religión o Comunión

Se acabó el conocimiento de oídas. El Espíritu Santo está quitando el velo de la religión en este lugar. La pregunta sigue en el aire: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

  • Si estás cansado de una vida espiritual fría, sin fuego y de pura rutina, busca a Cristo.
  • Si necesitas que el Cordero limpie tu culpa y rompa cadenas de pecado oculto, Busca a Cristo.
  • Si tu alma tiene hambre y sequedad, ven a saciarte con el Pan de Vida.
  • Si estás confundido y en tinieblas, deja que la Luz del Mundo alumbre hoy tu entendimiento.
  • Si te sientes solo, herido o abandonado, el Buen Pastor está aquí para vendar tus heridas y cargarte en sus brazos.

¡La Deidad misma está en medio nuestro! Dios manifestado en carne, el Rey Glorificado cuyos ojos son como llama de fuego, está recorriendo los pasillos. No te quedes en el lugar que te encuentras cuidando tu reputación o tu comodidad.

¡A donde estes, abre su boca, levante sus manos y confiesen el Nombre que es sobre todo nombre! ¡Señor Jesús, revélate a mi vida! Clama por ese espíritu de sabiduría y de revelación. Que caiga el velo de la religiosidad, que tiemblen las tinieblas y que el fuego de tu presencia sature mi corazón. ¡Tú eres el Dios Fuerte, tú eres el Padre Eterno, tú eres el Rey Glorificado! ¡Ministrame, Jesús!

Suscribirse a El Pentecostal

Don’t miss out on the latest issues. Sign up now to get access to the library of members-only issues.
tu@correo.com
Suscribirse