Cuando manejamos por la carretera y nos encontramos con un letrero —"prohibido girar en U", "no estacionar", "velocidad máxima 80 km/h"— sabemos que no es una simple decoración. Es una advertencia, una instrucción, una señal.

Eso es exactamente lo que Jesús puso frente a nosotros en su primer milagro. No fue un acto casual ni un favor de última hora en una boda. Juan lo llama, literalmente, una señal (Juan 2:11). Y si es una señal, significa que hay algo que Dios quiere que aprendamos de ella.

El contexto: una fiesta que se quedó sin vino

La escena de Juan 2:1-11 es sencilla. Una boda en Caná de Galilea, la madre de Jesús presente, Jesús y sus discípulos invitados. En algún momento de la celebración, el vino se termina. María se acerca a su hijo y le dice, sin rodeos:

"No tienen vino." — Juan 2:3

Jesús responde que su hora aún no ha llegado, pero igual actúa. Ordena llenar seis tinajas de piedra —de las que se usaban para la purificación ritual— con agua, y esa agua se convierte en el mejor vino de toda la fiesta.

Es un relato breve, casi anecdótico. Pero Juan lo elige como el primer milagro registrado del ministerio de Jesús, el que "manifestó su gloria" y provocó que sus discípulos creyeran en él. Eso, por sí solo, ya debería hacernos detener y preguntar: ¿por qué este milagro y no otro?

Primero, un balance necesario

Antes de avanzar, vale la pena aclarar algo: Jesús no hizo vino para que la gente se emborrachara. La Escritura es clara al respecto:

"No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución." — Efesios 5:18

"Usa de un poco de vino por causa de tu estómago." — 1 Timoteo 5:23

"El vino que alegra el corazón del hombre." — Salmos 104:15

El propósito original no era la embriaguez, sino algo positivo, incluso saludable.

Dicho esto, surgen tres preguntas que merecen respuesta.

Tres preguntas que revelan el corazón de un líder

¿Por qué hizo más vino?

Porque, según el relato del encargado del banquete, el buen vino ya se había terminado y algunos invitados ya estaban bebidos. Jesús no lo hizo para fomentar el exceso; simplemente proveyó. Así es la vida misma: Dios la creó, la puso a nuestra disposición, y cómo la usemos es responsabilidad nuestra. Criticamos con facilidad al que abusa del vino, pero pocas veces nos detenemos a pensar en cuántas veces nosotros hacemos mal uso de algo mucho más poderoso: nuestra mente. En lugar de llenarla de pensamientos que edifican, la dejamos guiar por lo que vemos, por el pesimismo, por lo destructivo. La mente, después de todo, es superior al vino.

¿Por qué lo hizo al final?

Solemos repetir la frase "el buen vino se sirve al final" como si fuera una regla general de la vida. Pero la verdad es distinta: el buen vino se sirve cuando lo sirve Cristo, ya sea al principio, a la mitad o al final. El problema es que muchos vivimos esperando "el final" para disfrutar algo de Dios, posponiendo la bendición para cuando todo cambie. Y no tiene por qué ser así. Es posible disfrutar de la bendición de Dios todos los días, no solo en la meta.

¿Por qué hizo el mejor vino?

Porque, sencillamente, no sabe hacerlo de otra forma. El detalle es revelador: seis tinajas, cada una con capacidad para unos 30 litros, dan un total aproximado de 180 litros del mejor vino disponible. Dios no tiene una fórmula para lo "más o menos". Él no sabe hacer "lo mejor, menos uno". Solo sabe hacer lo mejor: así hizo la tierra, así hizo los cielos, así te hizo a ti y a mi.

La pregunta incómoda es por qué, entonces, tantas veces nosotros sí nos conformamos con menos que eso. Hay peticiones que le hemos presentado a Dios para las cuales Él simplemente no tiene una respuesta mediocre guardada. El problema no es su capacidad; es nuestro conformismo.

Una señal, no una necesidad

Aquí está el giro que le da sentido a todo el relato. Jesús no vino, en primera instancia, a resolver un problema de subsistencia. Nadie necesita vino de la mejor calidad para sobrevivir. Un litro de un vino de ese nivel podría costar, en el mercado actual, varios cientos de dólares; multiplicado por 180 litros, hablamos de una cifra que fácilmente supera los setenta mil dólares en su primer milagro.

Eso no es una necesidad básica. Es un lujo. Pero ese lujo es, precisamente, la señal: si Jesús es capaz de proveer algo que nadie necesita para vivir, y hacerlo con ese nivel de excelencia, ¿de qué tendríamos que preocuparnos por lo que sí necesitamos? La señal es simple y contundente: lo que Él viene a hacer, lo hace bien hecho.

"Eres formidable": el análisis de un liderazgo distinto

El maestro de ceremonias, sin saber de dónde había salido ese vino, se acerca al novio y le dice algo que resume todo el episodio:

"Por lo general se sirve primero el mejor vino, y cuando los invitados ya no distinguen, se sirve el más barato. Pero tú has guardado el mejor para el final. Eres diferente a todos." — Juan 2:9-10 (paráfrasis)

Ahí está la clave del liderazgo que este milagro nos enseña: cuando hago las cosas bien, me separo de los que hacen las cosas mal. Cuando las hago con excelencia, me separo incluso de los que las hacen bien. No es lo mismo ser bueno que ser formidable.

Cuatro pasos hacia la excelencia

De este pasaje se desprenden cuatro principios que cualquier líder —en la fe, en su empresa, en su familia— puede aplicar.

1. La excelencia tiene su tiempo. Nada de lo que Jesús hizo fue apresurado ni fuera de tiempo.

"Cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo." — Gálatas 4:4

"Aún no ha venido mi hora." — Juan 2:4

"Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos." — Hechos 2:1

La excelencia no se improvisa; existe dentro de un tiempo que hay que saber discernir.

2. Hagan lo que Él les ordene: rodéate de expertos. María les dio a los sirvientes una instrucción sencilla pero profunda: hagan lo que él les diga. Ningún líder llega solo a la excelencia. Todos necesitamos a alguien que nos dirija, que nos aconseje, que nos corrija. La pregunta vale para cualquiera: ¿qué te cuesta pedir el consejo de quien sabe más que tú?

3. Nadie llega a la excelencia sin romper con los ritos. El detalle de que Jesús usara precisamente las tinajas destinadas a la purificación ritual no es casualidad. De esa misma agua reservada para el rito, sale el vino que trae gozo. Es una imagen poderosa: muchos han sido "purificados" religiosamente, pero no conocen el gozo pleno. A veces confundimos la tradición con la excelencia, y terminamos sosteniendo formas solo porque "aquí siempre se ha hecho así" durante veinte, treinta años, sin preguntarnos si todavía cumplen su propósito.

4. Sujeción. Este es quizás el punto más contracorriente. La excelencia sin sujeción es, en el fondo, una rebelión disfrazada de creatividad. El propio milagro de Jesús ocurrió bajo sujeción a su Padre y en el contexto de una obediencia visible. Hay líderes que, llevados por el afán de su llamado o de su visión, actúan sin someter lo que hacen a nadie: trabajan a escondidas, sin control de calidad, sin alguien que pruebe primero lo que están sirviendo. La excelencia genuina siempre se deja evaluar.

Para cerrar

El primer milagro de Jesús no fue el más espectacular en apariencia, pero fue, sin duda, una declaración de identidad. No vino a ofrecer lo mínimo indispensable, vino a mostrarnos que su estándar es la excelencia, incluso en lo que "no era necesario".

La pregunta que queda flotando para cada uno de nosotros —como líderes de un hogar, un equipo, un ministerio o un proyecto— es si estamos dispuestos a dejar el conformismo y perseguir ese mismo estándar: no lo bueno, no lo aceptable, sino lo mejor que tenemos para dar, en el tiempo correcto, con el consejo adecuado, rompiendo con lo que ya no tiene sentido, y en sujeción a quienes Dios ha puesto sobre nosotros.

Esa es la señal. Y la señal, como todo buen letrero en la carretera, no está ahí para adornar el camino: está ahí para que la sigamos.