Cuando la Palabra de Dios vence la habilidad humana

Hay momentos en los que el problema no es que no creamos en Dios. El problema es que queremos que Dios actúe de la manera que nosotros consideramos correcta.

Eso fue precisamente lo que le ocurrió a Naamán.

Era general del ejército de Siria, respetado, reconocido, influyente y valiente. Había ganado batallas, tenía autoridad, recursos, prestigio y acceso al rey. Sin embargo, detrás de toda aquella armadura había algo que sus títulos no podían resolver:

Naamán era leproso.

Podía dirigir ejércitos, pero no podía sanar su propia piel. Podía vencer enemigos, pero había encontrado una batalla que su habilidad humana no podía ganar.

Entonces apareció una palabra sencilla: debía ir a Israel, buscar al profeta y obedecer.

La respuesta finalmente llegó:

«Ve y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurará, y serás limpio.»
—2 Reyes 5:10

Naamán esperaba algo más impresionante. Tal vez una ceremonia, una oración extraordinaria, una manifestación visible de poder. Pero recibió una orden que parecía demasiado sencilla para un hombre de su posición.

Y allí comenzó su verdadera batalla.

No contra la lepra.

Contra sí mismo.

Abana y Farfar: cuando confiamos en lo que parece mejor

Naamán se enojó y preguntó:

«Abana y Farfar, ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel?»
—2 Reyes 5:12

Desde su perspectiva, tenía sentido.

¿Por qué sumergirse en el Jordán si en Damasco había ríos que él consideraba mejores?

La pregunta de Naamán revela algo profundamente humano: muchas veces evaluamos la voluntad de Dios por su apariencia.

Queremos que lo correcto también parezca lógico.

Queremos que la obediencia sea cómoda.

Queremos que el camino de Dios coincida con nuestra experiencia.

Queremos que Dios confirme nuestros métodos.

Abana y Farfar pueden convertirse, entonces, en una imagen de todas aquellas cosas en las que el ser humano pone su confianza:

  • nuestra educación;

  • nuestras capacidades;

  • nuestra experiencia;

  • nuestra reputación;

  • nuestros recursos;

  • nuestros argumentos;

  • nuestra moralidad;

  • nuestras buenas obras.

Nada de esto es necesariamente malo. El problema comienza cuando pensamos que puede ocupar el lugar de la obediencia a Dios.

Pablo conocía muy bien esa tentación. Tenía linaje, conocimiento, disciplina religiosa y reputación. Sin embargo, después de conocer a Cristo declaró:

«Cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo.»
—Filipenses 3:7

Hay cosas que pueden ser excelentes delante de los hombres y, aun así, ser completamente incapaces de transformar el corazón.

Isaías lo expresó con una frase incómoda:

«Todas nuestras justicias como trapo de inmundicia.»
—Isaías 64:6

No significa que hacer el bien carezca de valor. Significa que ninguna justicia humana puede sustituir la gracia, la misericordia y la obra de Dios.

Naamán necesitaba comprenderlo.

Su problema no se resolvería en el río que él consideraba superior, sino en el lugar donde Dios había colocado Su palabra.

El Jordán: el poder no estaba en el agua, sino en la Palabra

El Jordán no necesitaba competir con Abana ni con Farfar.

Quizás no parecía mejor.

Quizás no era la opción que Naamán habría escogido.

Pero tenía algo que los demás ríos no tenían:

Dios había dicho: «Ve al Jordán».

Ese era el secreto.

La eficacia no estaba en la composición química del agua. Tampoco en algún poder mágico del río.

El poder estaba en obedecer la palabra recibida.

La fe verdadera no consiste en encontrar una alternativa mejor; consiste en obedecer aquello que Dios dijo.

El propio significado tradicional asociado al nombre Jordán está relacionado con la idea de «descender». Y esa imagen resulta poderosa para nuestra vida espiritual.

Para entrar en el Jordán hay que bajar.

Naamán tenía que descender físicamente, pero Dios también estaba haciendo descender algo dentro de él: su orgullo.

La Escritura establece continuamente este principio:

«Humillaos delante del Señor, y él os exaltará.»
—Santiago 4:10

El Reino de Dios funciona de una manera que contradice muchas veces la lógica del mundo.

Para vivir hay que morir al yo.

Para recibir hay que reconocer nuestra necesidad.

Para ser exaltados debemos aprender a humillarnos.

Para seguir a Cristo debemos negarnos a nosotros mismos.

Pablo escribe:

«Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios… a fin de que nadie se jacte en su presencia.»
—1 Corintios 1:27,29

El Jordán representa, en esta reflexión, ese lugar donde dejamos de discutir con Dios y comenzamos a obedecerlo.

Siete descensos: una imagen del proceso interior

Naamán debía sumergirse siete veces.

La Biblia no explica que cada inmersión tuviera un significado diferente. Sin embargo, podemos contemplar esos siete descensos como una hermosa analogía espiritual del proceso por el cual Dios quebranta nuestra autosuficiencia.

No como siete doctrinas escondidas dentro del texto, sino como siete momentos para examinar nuestro corazón.

Primera inmersión: cuando cae la armadura

Para entrar al agua Naamán tenía que dejar fuera, al menos temporalmente, aquello que representaba su rango y presentarse simplemente como un hombre necesitado.

El general tenía lepra.

Debajo de la armadura había heridas.

También nosotros podemos aprender a esconder nuestras debilidades detrás de posiciones, ministerios, conocimientos o apariencias.

Pero delante de Dios la sanidad comienza cuando dejamos de aparentar.

«El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.»
—Proverbios 28:13

Cristo lo expresó todavía más claramente:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.»
—Lucas 9:23

La comunión profunda comienza cuando puedo presentarme delante de Dios sin armadura.

Segunda inmersión: cuando renunciamos a nuestra manera

Naamán había dicho:

«He aquí yo decía: Saldrá él luego…»
—2 Reyes 5:11

Ese «yo decía» revela su problema.

Naamán ya había imaginado cómo Dios debía sanarlo.

Nos sucede constantemente.

«Yo pensaba que Dios haría esto».

«Yo esperaba que respondiera así».

«Yo creía que sucedería ahora».

Pero Dios no está limitado por nuestros esquemas.

«Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos.»
—Isaías 55:8

La madurez espiritual comienza cuando cambiamos:

«Yo pensaba»

por:

«Dios ha dicho».

Tercera inmersión: obedecer aunque todavía no vea

Imaginemos a Naamán saliendo por tercera vez.

La lepra continuaba allí.

La tentación lógica habría sido preguntar:

«¿Para qué continuar?»

Aquí aparece una de las dimensiones más profundas de la fe: continuar obedeciendo cuando todavía no hay resultados visibles.

«Porque por fe andamos, no por vista.»
—2 Corintios 5:7

La fe no es negar lo que vemos. Es decidir que lo que vemos no tendrá más autoridad que lo que Dios dijo.

Cuarta inmersión: el lugar donde quiero abandonar

Hay un punto en muchos procesos espirituales donde ya hemos avanzado demasiado para regresar, pero todavía no hemos visto el cumplimiento.

Ese lugar puede ser agotador.

Oramos y esperamos.

Servimos y esperamos.

Creemos y esperamos.

Allí surge la tentación de volver a nuestros «Abana y Farfar»: nuestros antiguos métodos, nuestra autosuficiencia y aquello que sabemos controlar.

Pero la cruz siempre nos conduce a la rendición.

«Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.»
—Gálatas 2:20

La fe es dejar de preguntarle a Dios: «¿Hasta cuándo tengo que obedecer?» y comienza a decir:

«Aunque no comprenda, quiero hacer tu voluntad».

Quinta inmersión: cuando dejamos de negociar con Dios

Naamán llegó con riquezas impresionantes.

Traía plata, oro y vestidos.

Estaba preparado para recompensar el milagro.

Pero Eliseo no aceptó pago.

Dios estaba enseñándole otra verdad: la gracia no se compra.

Podemos trasladar esa mentalidad incluso a nuestra relación con Dios.

«Señor, yo hice esto, ahora dame aquello».

«Yo serví, entonces merezco recibir».

«Yo fui fiel, por eso tienes que responderme».

Pero el Evangelio destruye ese sistema de intercambio.

«Porque por gracia sois salvos por medio de la fe… no por obras, para que nadie se gloríe.»
—Efesios 2:8-9

No obedecemos para comprar a Dios.

Obedecemos porque hemos descubierto que Su gracia no tiene precio.

Sexta inmersión: cuando mis fuerzas llegan al límite

Seis veces había descendido.

Seis veces había salido.

Y todavía necesitaba una más.

Hay momentos en los que Dios permite que lleguemos al final de nuestros propios recursos.

No para destruirnos, sino para mostrarnos dónde termina nuestra fuerza y comienza nuestra dependencia.

Zacarías declaró:

«No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu.»
—Zacarías 4:6

Pablo llegó a exclamar:

«¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?»

Y rápidamente encontró la respuesta:

«Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro.»
—Romanos 7:24-25

El hombre llega al límite.

Cristo sigue siendo suficiente.

Séptima inmersión: cuando la obediencia conduce a una nueva vida

Finalmente Naamán descendió otra vez.

Y entonces ocurrió.

«Su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio.»
—2 Reyes 5:14

No salió simplemente mejor.

Salió restaurado.

Y algo todavía más profundo ocurrió después.

El hombre que había llegado hablando de Abana y Farfar terminó diciendo:

«He aquí ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel.»
—2 Reyes 5:15

El mayor milagro no fue la piel.

Fue el corazón.

Naamán llegó buscando sanidad y terminó encontrando revelación.

Llegó confiando en sus recursos y terminó reconociendo al Dios verdadero.

Llegó como general y terminó como adorador.

¿Cuál es mi Abana y cuál es mi Farfar?

Esta historia nos obliga a hacernos preguntas incómodas.

¿Cuál es el río al que quiero regresar cuando la obediencia se vuelve difícil?

¿Mi inteligencia?

¿Mi experiencia?

¿Mis contactos?

¿Mi dinero?

¿Mi carácter?

¿Mi tradición religiosa?

¿Mi propia interpretación de cómo Dios debería actuar?

Proverbios nos dice:

«Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.»
—Proverbios 3:5

No significa abandonar el pensamiento, la preparación o la excelencia. Significa colocarlos en su lugar correcto.

La inteligencia sirve.

La experiencia ayuda.

La preparación es necesaria.

Pero ninguna de ellas puede reemplazar la voz de Dios.

Cuando Dios diga Jordán, no regreses a Damasco

Tal vez Naamán tenía razón en algo: humanamente, los ríos de Damasco podían parecer mejores.

Pero esta historia no trata acerca de cuál río tenía el agua más limpia.

Trata acerca de cuál río tenía una palabra de Dios sobre él.

Y esa diferencia cambia todo.

No necesito que el Jordán parezca mejor que Abana. Necesito saber que Dios me dijo que descendiera allí.

A veces Dios nos conduce por caminos que hieren nuestro orgullo.

Nos pide perdonar cuando queremos defendernos.

Nos llama a servir cuando queremos reconocimiento.

Nos ordena esperar cuando queremos correr.

Nos pide confiar cuando queremos controlar.

Nos invita a descender cuando toda nuestra naturaleza quiere subir.

Pero precisamente allí ocurre la transformación.

Naamán descubrió que lo que parecía humillación era realmente el camino hacia su restauración.

Quizás ese sea también nuestro desafío.

Dejar de preguntarnos:

«¿No existe una manera mejor?»

y comenzar a preguntarnos:

«¿Qué ha dicho Dios?»

Porque Abana puede ser hermoso.

Farfar puede parecer razonable.

Nuestra capacidad puede llevarnos lejos.

Nuestros títulos pueden abrir puertas.

Nuestra experiencia puede resolver muchos problemas.

Pero llegará un momento en el que estaremos delante de algo que solamente Dios puede transformar.

Y cuando llegue ese momento, no necesitaremos un río más prestigioso.

Necesitaremos una palabra.

Una palabra creída.

Una palabra obedecida.

Una palabra suficientemente poderosa para hacernos descender con nuestro orgullo y levantarnos convertidos en personas nuevas.

Porque cuando Dios ha hablado, el lugar de nuestra obediencia siempre será mejor que el lugar de nuestra autosuficiencia.