El Padre que me ama.
Sobre todos, y por todos, y en todos
Hay momentos en la vida espiritual donde el creyente no necesita solamente recibir más información, sino detenerse delante de Dios y examinar en qué nivel de relación está viviendo con Él. Porque una cosa es hablar de Dios, otra cosa es servir a Dios, otra cosa es sentir a Dios, y otra muy distinta es vivir de tal manera que Cristo sea formado en nosotros.
La iglesia puede conocer doctrina, cantar con fuerza, predicar con pasión, organizar cultos, levantar ministerios y aun así necesitar una revelación más profunda del Padre. Porque el peligro de la vida cristiana no siempre está en negar a Dios con la boca, sino en vivir como si Dios estuviera lejos, como si su amor fuera incierto, como si su presencia solo viniera por momentos, como si su cuidado dependiera de nuestro rendimiento, o como si todavía fuéramos esclavos tratando de ganar el favor del Señor.
Por eso este tema, Abba Padre, el Padre que me ama, no es un tema sentimental. Es profundamente bíblico, doctrinal, apostólico y espiritual. No estamos hablando de una emoción ligera, sino de una revelación profunda. Porque cuando Cristo se revela verdaderamente, no solamente descubrimos quién es Él; también descubrimos quiénes somos nosotros en Él. Y cuando el creyente entiende quién es Cristo, deja de vivir como huérfano, deja de servir desde el miedo, deja de obedecer desde la culpa, deja de buscar aprobación en los hombres, y comienza a vivir desde la seguridad gloriosa de saber: tengo Padre, soy amado, soy formado, soy corregido, soy guardado y Cristo vive en mí.
El capítulo cuatro de Efesios, en su primera parte, tiene una conclusión natural inspirada por Dios. El apóstol Pablo viene hablando de la unidad del Espíritu, de un cuerpo, un Espíritu, una esperanza, un Señor, una fe, un bautismo; y entonces cierra con una declaración majestuosa:
“Un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos.”
Efesios 4:6
No hay mejor manera de cerrar esta parte, porque antes nos ha hecho un recorrido por los fundamentos de la fe apostólica. Principios que, al ser enseñados, creídos y practicados, permiten el ejercicio correcto de la iglesia como el cuerpo místico de nuestro Señor Jesucristo, donde cada miembro debe ir creciendo con su actividad propia y particular.
Y esta misma declaración que Pablo usa para concluir esa sección nos sirve también para cerrar este ciclo de reflexiones sobre la revelación de Cristo. Porque hemos venido hablando de un Dios que no puede ser limitado por tiempo, cultura, circunstancias, estructuras humanas ni formas de pensar. Hemos hablado de un Dios que lo llena todo; de un Dios omnipresente, omnisciente, eterno, inmutable, santo, misericordioso y todopoderoso. Y aunque todavía no podemos entender a cabalidad su poder y sabiduría, porque la Escritura pregunta:
“¿Quién conoció la mente del Señor?”
1 Corintios 2:16
Sí podemos estar seguros de algo: Él es suficiente. Es suficiente para lo que vivimos, suficiente para lo que no entendemos, suficiente para lo que enfrentamos, suficiente para lo que vendrá. Estamos completos en Él, porque Él es el Dios que está sobre todos, por todos y en todos.
Y estas tres expresiones no son simples frases teológicas. Son niveles de crecimiento espiritual. Son niveles de revelación de nuestro Dios. Porque la revelación de Dios en nuestra vida es progresiva. Siempre habrá algo más que conocer de Él. Siempre habrá una dimensión más profunda de comunión, de entrega, de obediencia y de formación.
Pablo dijo:
“De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así.”
2 Corintios 5:16
Pablo estaba diciendo: hay una manera más profunda de conocer a Cristo. Hay un conocimiento que va más allá de los sentidos humanos, más allá del razonamiento mental, más allá de la costumbre religiosa. Hay un conocimiento que nos lleva al punto de decir:
“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.”
Gálatas 2:20
Ese es el destino de toda verdadera revelación: que Cristo no sea solamente predicado por nosotros, sino formado en nosotros. Que no solo lo anunciemos en el altar, sino que se vea en la casa. Que no solo lo confesemos con los labios, sino que su carácter gobierne nuestras reacciones, nuestras decisiones, nuestro trato, nuestro servicio y nuestra manera de amar.
Por eso Pablo dice: un Dios y Padre de todos. No dice solamente un Dios poderoso, aunque lo es. No dice solamente un Dios soberano, aunque lo es. No dice solamente un Dios creador, aunque lo es. Dice: un Dios y Padre. Porque la revelación final no es solamente que Dios tiene poder sobre mí, sino que Dios ha querido relacionarse conmigo como Padre.
Y aquí entra la expresión preciosa del Nuevo Testamento: Abba Padre. Es una de las expresiones más profundas, tiernas y reveladoras de toda la Biblia. Para entender su significado completo, hay que mirarla desde tres enfoques: el lingüístico, el bíblico y el teológico.
El significado lingüístico (El idioma)
Abba: Es una palabra aramea (el idioma cotidiano que hablaba Jesús y sus contemporáneos). En la cultura judía de aquel tiempo, "Abba" era la palabra que usaban los niños pequeños para llamar a sus padres. Es el equivalente más cercano a nuestro "Papá" o "Papito". No era un título formal ni distante, sino una palabra llena de confianza, afecto, intimidad y dependencia.
Padre: Es la traducción al griego (Pater). Cuando los escritores del Nuevo Testamento ponen "Abba, Padre", están uniendo el término original arameo con su traducción al griego. Lo hacían para que los lectores que no hablaban arameo pudieran captar tanto el calor emocional de la palabra original ("Abba") como el respeto y la autoridad que conlleva el término formal ("Padre").
Dónde aparece en la Biblia
Esta frase aparece en solo tres momentos cruciales del Nuevo Testamento:
“Y decía: Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú.” Marcos 14:36
Abba no es una palabra de capricho. Es una palabra de intimidad rendida. Jesús no dijo Abba en un momento cómodo; lo dijo en la hora de mayor presión, en la noche de su entrega, cuando su humanidad sintió el peso de la copa. Esto nos enseña que conocer al Padre no significa vivir sin procesos, sino atravesarlos con confianza. No significa escapar de toda copa, sino rendir la voluntad. No significa que el amor del Padre elimina la obediencia, sino que la obediencia nace de saber que el Padre es bueno.
Y Pablo enseña que esa misma realidad llega a nosotros:
“Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: Abba, Padre.”
Romanos 8:15
Y también:
“Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: Abba, Padre.”
Gálatas 4:6
Esto es poderoso: no recibimos un espíritu de esclavitud para volver al temor. Recibimos el Espíritu de adopción. Ya no somos esclavos tratando de convencer a Dios de que nos ame. Somos hijos llamados a vivir desde el amor que ya nos fue dado en Cristo.
Por eso, cuando decimos Abba Padre, estamos diciendo: Dios no está lejos. Dios no es indiferente. Dios no es una idea religiosa. Dios no es solamente el que gobierna el universo. Dios es el Padre revelado en Jesucristo; el Padre que me ama, que me corrige, que me forma, que me guarda, que pelea por mí y que quiere habitar en mí.
El significado teológico y espiritual
La frase "Abba, Padre" revolucionó la forma en que se entiende la relación con Dios:
Intimidad sin perder el respeto: Combina el amor incondicional de un padre hacia su hijo pequeño ("Abba") con la reverencia debida al Creador del universo ("Padre"). No es una familiaridad vulgar, sino una confianza filial profunda.
Dios ya es un Dios lejano: En el Antiguo Testamento, Dios era visto con un respeto inmenso y santo temor; los judíos incluso evitaban pronunciar su nombre. Jesús introduce una novedad radical: invita a sus seguidores a tratar al Dios Todopoderoso con la misma confianza con la que un niño pequeño se acerca a su papá.
Nuestra nueva identidad: Cuando un cristiano dice "Abba, Padre", está declarando que ya no es un esclavo que tiembla ante un amo, ni un simple sirviente, sino un hijo amado que tiene derechos de herencia y una relación directa con el Padre.
Decir "Abba, Padre" significa acercarse a Dios diciendo: "Dios mío, tú eres el Creador soberano del universo (Padre), pero al mismo tiempo eres mi Papá amoroso en quien confío plenamente y a quien amo como un hijo (Abba)."
Sobre todos
Pablo dice que Dios es sobre todos. Esta expresión nos habla primero de su soberanía, de su autoridad, de su gobierno y también de esa visitación divina que viene sobre la vida de una persona para capacitarla en una tarea específica.
Los antiguos contaron con la visitación de Dios, con la presencia temporal de Él, y en varias instancias bíblicas esto se relaciona con lo que llamamos la unción. La unción era esa capacidad sobrenatural provista por el Espíritu de Dios para cumplir una tarea determinada en un momento específico. Por eso la expresión bíblica “el Espíritu del Señor vino sobre…” nos habla de ese ungimiento temporal, con propósito, para una asignación.
Tener la presencia de Dios sobre nuestra vida es uno de los mayores privilegios. Hay una gracia que no se fabrica. Hay una capacidad que no nace de la técnica. Hay una autoridad que no viene del talento humano. Hay un respaldo que no depende solamente de preparación, fuerza, experiencia o conocimiento. Es Dios poniendo su mano sobre alguien para hacer lo que humanamente no podría hacer.
Jesús mismo, al iniciar públicamente su ministerio, declaró:
“El Espíritu del Señor está sobre mí,
por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;
me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;
a pregonar libertad a los cautivos,
y vista a los ciegos;
a poner en libertad a los oprimidos;
a predicar el año agradable del Señor.”
Lucas 4:18-19
La unción sobre Jesús en su ministerio terrenal lo habilitó para predicar, sanar, liberar, restaurar y anunciar el favor de Dios. Así también, Dios puede ungir a una persona para ejercer un ministerio, para servir con efectividad, para enseñar, predicar, cantar, administrar, liderar, interceder, consolar o cumplir una asignación dentro del cuerpo de Cristo.
En otras citas bíblicas encontramos expresiones como: “la mano del Señor vino sobre mí”. Esa mano representa respaldo, dirección, fuerza, autoridad y gracia. Nuestro Dios puede ungirte para la obra del ministerio. Puede darte ese toque especial, esa gracia y ese carisma celestial para cumplir tu asignación.
Tú puedes estar confiado en que lo que haces para Dios no depende solo de tus conocimientos y habilidades. Depende de algo que viene de arriba y se posa sobre tu vida: la presencia de Dios.
Pero también debemos reconocer algo con temor santo: ministrar sin su presencia es una de las experiencias más penosas que un servidor puede enfrentar. Predicar sin presencia, cantar sin presencia, enseñar sin presencia, liderar sin presencia, aconsejar sin presencia, trabajar en la obra sin presencia, es agotador y peligroso. Porque podemos sostener una forma, pero perder la esencia. Podemos mantener una agenda, pero perder el fuego. Podemos conservar actividad, pero perder comunión.
Por eso debemos procurar hallar gracia delante de Dios para que su mano venga sobre nosotros cuando la necesitemos. Necesitamos la unción. Necesitamos la visitación. Necesitamos que Dios ponga su mano sobre nuestro servicio.
Pero debemos recordar algo: ese no es el fin de nuestra relación con Dios. Ese es un nivel, pero no es el único. Dios quiere llevarnos más allá. Él desea revelarse en una faceta más profunda.
No podemos conformarnos solo con la presencia sobre nosotros. No podemos conformarnos solo con sentir unción en un culto. No podemos vivir de momentos, de impulsos, de temporadas, de emociones espirituales, de manifestaciones temporales. Dios quiere formar algo más profundo que un momento ungido: quiere formar a Cristo en nosotros.
Hay personas que desean la unción para predicar, pero no desean el carácter para obedecer. Desean poder para ministrar, pero no quebranto para ser transformadas. Desean dones, pero no formación. Desean presencia sobre ellos, pero no gobierno de Dios dentro de ellos.
Por eso debemos extendernos a lo que está adelante. Debemos anhelar una vida donde la obra de Dios no sea solamente externa, sino interna. Debemos desear llegar al punto donde la Escritura dice:
“Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado.”
1 Juan 3:9
Ese es un nivel de espiritualidad disponible para quienes no solo quieren ser usados por Dios, sino transformados por Dios. Porque el Padre no solamente unge siervos; el Padre forma hijos.
Por todos
Luego Pablo dice que Dios es por todos. Y aquí entramos en una dimensión hermosísima de confianza.
Romanos 8:31 declara:
“¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?”
Muchas veces este verso se cita diciendo: “Si Dios es con nosotros, ¿quién contra nosotros?”. Y aunque es cierto que Dios está con su pueblo, el texto no dice solamente “con”; dice por. Y hay una gran diferencia.
Cuando decimos que Dios está con nosotros, hablamos de compañía. Pero cuando decimos que Dios está por nosotros, hablamos de defensa, respaldo, favor, intervención y causa asumida. Dios no solo camina cerca; Dios se pone a favor de sus hijos.
Este es un nivel de revelación distinto. Ya no es solamente Dios sobre mí para ungirme. Ahora es Dios por mí para pelear, sostener, defender y abrir camino cuando yo no puedo más.
Esto fue lo que se le prometió a Moisés y al pueblo frente al Mar Rojo:
“Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos.”
Éxodo 14:14
Hay momentos donde Dios espera que actuemos con diligencia, excelencia y responsabilidad. No podemos usar la fe como excusa para la mediocridad. No podemos llamar “esperar en Dios” a nuestra falta de disciplina. No podemos justificar la pasividad diciendo que Dios hará lo que nosotros no quisimos obedecer.
Pero también hay momentos donde ya hicimos todo lo humanamente posible y nada parece cambiar. Momentos donde obedecimos, sembramos, oramos, trabajamos, servimos, insistimos, tocamos puertas, dimos pasos de fe, y aun así el mar sigue cerrado frente a nosotros.
Es ahí donde Dios dice: ahora quédate quieto y mira mi salvación. Ahora cédeme el espacio. Ahora deja de pelear con tus fuerzas. Ahora descansa. Yo pelearé por ti.
Este nivel de espiritualidad es un estado de confianza y tranquilidad, porque sabemos que Dios tiene todas las respuestas. No siempre entendemos sus tiempos, pero confiamos en su carácter. No siempre vemos la salida, pero conocemos al Padre. No siempre tenemos fuerza, pero sabemos que Él está por nosotros.
Y aquí debemos diagnosticar una de las grandes heridas de nuestra generación: la ansiedad. Muchos creyentes viven agotados no porque Dios les haya pedido más, sino porque no han aprendido a descansar en el Padre. Sirven cargados. Oran cargados. Dirigen cargados. Viven como si todo dependiera de ellos. Tienen a Dios en su vocabulario, pero el temor gobierna su interior.
La ansiedad y el estrés se han convertido en algunos de los mayores problemas que enfrentan los creyentes hoy. Pero cuando llegamos a esta revelación, aprendemos a estar sosegados. Aprendemos que para lo que nos toque hacer, Él estará con nosotros; y cuando ya no podamos hacer nada, Él estará por nosotros.
Esto sana la orfandad espiritual
Porque el huérfano siente que debe resolverlo todo solo.
El hijo sabe que tiene Padre.El huérfano vive compitiendo.
El hijo descansa en su identidad.El huérfano interpreta toda espera como abandono.
El hijo sabe que el silencio de Dios no significa ausencia.El huérfano trabaja para ser visto.
El hijo sirve porque ya fue amado.El huérfano se derrumba cuando no tiene control.
El hijo aprende a decir: mi Padre peleará por mí.
Por eso Romanos 8 no solo dice que Dios es por nosotros. También dice:
“El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con Él todas las cosas?”
Romanos 8:32
La prueba máxima de que Dios está por nosotros es Cristo. El Padre no demostró su amor con palabras vacías. Lo demostró entregándose en Cristo para salvarnos. Por eso el creyente puede descansar. Si Dios ya nos dio lo mayor, no nos abandonará en lo menor.
En todos
Finalmente Pablo dice que Dios es en todos.
Este es el nivel más profundo. Es el punto máximo de espiritualidad al que debemos anhelar. No me refiero solamente a la unción, ni a una llenura temporal, ni a una experiencia poderosa en un culto. Me refiero a que Cristo sea formado en nosotros. Me refiero a que Jesús sea uno en nosotros.
Jesús prometió:
“Porque mora con vosotros, y estará en vosotros.”
Juan 14:17
Y Pablo dijo:
“Pero el que se une al Señor, un espíritu es con Él.”
1 Corintios 6:17
Este es el punto donde dejamos de vivir una fe superficial y comenzamos a mostrar a Cristo en toda nuestra manera de vivir. Que la gente pueda ver a Jesús en nosotros. Que cuando hablen con nosotros, sientan el espíritu de Cristo. Que nuestro trato con el prójimo sea como el trato que Jesús dio a sus semejantes. Que nuestra misericordia, nuestra firmeza, nuestra paciencia, nuestra santidad, nuestra compasión, nuestra mansedumbre y nuestra verdad revelen que Cristo no es solo alguien de quien hablamos, sino alguien que vive en nosotros.
Pablo expresó su carga pastoral con estas palabras:
“Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros.”
Gálatas 4:19
El deseo de Pablo no era simplemente tener creyentes emocionados. No era tener gente asistiendo a reuniones. No era formar simpatizantes religiosos. Su dolor de parto era que Cristo fuera formado en cada creyente.
Ese es también el propósito de toda enseñanza bíblica verdadera. No predicamos para entretener. No enseñamos para llenar mentes de datos. No estudiamos la Escritura para ganar argumentos. El fin es que Cristo sea formado en nosotros.
Pablo había llegado a ese nivel cuando dijo:
“Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.”
Gálatas 2:20
Y podemos parafrasearlo así: ya no decido yo, ya no hablo yo, ya no predico yo, ya no canto yo, ya no lucho yo, ya no reacciono yo, ya no sirvo desde mi ego, ya no trato a los demás desde mi carne. Ahora Cristo vive en mí.
Cuando Cristo vive en alguien, la influencia de la carne comienza a menguar. La persona deja de ser almática, deja de ser gobernada por sus emociones, por sus heridas, por sus impulsos, por sus inseguridades, por su orgullo, por su necesidad de aprobación, y comienza a ser guiada por el Espíritu de Dios que mora en ella.
Entonces deja de tratar a los demás bajo la influencia de la carne. Deja de juzgar las cosas carnalmente. Deja de vivir reaccionando por ofensa. Deja de servir por competencia. Deja de hablar desde la amargura. Deja de medir su vida por la opinión de los hombres. Sus expectativas suben, porque ahora se conecta a lo espiritual.
Cuando se llega a ese punto, comenzamos a vivir el verdadero evangelio, que es poder de Dios. Nos olvidamos de las simplezas de la religión y nos conectamos con lo de arriba. Dejamos de vivir para agradar a los hombres y comenzamos a vivir para agradar a Dios.
Pablo también dijo:
“Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles, no consulté en seguida con carne y sangre.”
Gálatas 1:15-16
Observe la expresión: revelar a su Hijo en mí. No dice solamente revelarlo a mí. Dice revelarlo en mí. Porque Dios desea revelarse a la humanidad, pero lo hará a través de hombres y mujeres en quienes Cristo ha sido formado.
Dios quiere mostrarse en ti. En tu casa, en tu carácter, en tu manera de hablar, en tu manera de perdonar, en tu manera de servir, en tu manera de enfrentar la presión, en tu manera de esperar, en tu manera de corregir, en tu manera de amar.
Donde te encuentres y en la asignación que cumplas, Dios quiere revelarse en ti. No solo quiere darte una palabra; quiere hacerte una carta viviente. No solo quiere ponerte en una plataforma; quiere formar su naturaleza en tu corazón. No solo quiere que tengas una experiencia con Él; quiere que tu vida sea testimonio de Él.
Y aquí el tema Abba Padre alcanza su sentido más profundo. Porque el Padre que me ama no solo me unge desde arriba. No solo pelea por mí en mis batallas. El Padre que me ama quiere habitar en mí, formar a Cristo en mí y hacerme semejante a su Hijo.
Por eso el amor del Padre no es permisividad. El amor del Padre también corrige. También poda. También disciplina. También confronta. También llama al arrepentimiento. También forma el carácter.
“Porque el Señor al que ama, disciplina.”
Hebreos 12:6
La disciplina del Padre no es rechazo; es prueba de pertenencia. El Padre no corrige para destruir, corrige para formar. No procesa para abandonar, procesa para madurar. No confronta para humillar, confronta para sanar.
El creyente inmaduro solo quiere el abrazo del Padre. El hijo maduro también acepta su formación. El creyente inmaduro solo quiere promesas. El hijo maduro acepta procesos. El creyente inmaduro solo quiere unción. El hijo maduro desea carácter. El creyente inmaduro quiere ser usado. El hijo maduro quiere ser transformado.
Por eso esta última parte del estudio Revelación de Cristo no puede terminar solamente diciendo: “Cristo es el Hijo del Dios viviente”. Tiene que llevarnos más profundo. Tiene que llevarnos a clamar: Abba Padre. Tiene que llevarnos a vivir como hijos.
Porque si Cristo me fue revelado, entonces el Padre me fue revelado. Y si el Padre me fue revelado, ya no vivo como esclavo. Ya no vivo como huérfano. Ya no vivo desde el miedo. Ya no vivo desde la culpa. Ya no vivo desde la necesidad de demostrar quién soy. Ahora vivo desde la seguridad de que soy hijo amado de Dios.
El esclavo obedece por miedo.
El hijo obedece por amor.El esclavo trabaja para ser aceptado.
El hijo sirve porque ya fue aceptado.El esclavo teme ser reemplazado.
El hijo descansa en su identidad.El esclavo vive bajo condenación.
El hijo vive bajo gracia y formación.El esclavo dice: tengo que ganarme el amor de Dios.
El hijo dice: he sido amado en Cristo, y por eso quiero agradar al Padre.
Por eso Juan exclamó:
“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios.” 1 Juan 3:1
No hay revelación más sanadora que esta: el Dios eterno, santo, todopoderoso, infinito y sublime, ha querido ser conocido por nosotros como Padre.
Él es sobre todos: me unge, me cubre, me capacita y pone su mano sobre mi vida.
Él es por todos: pelea por mí, me defiende, me sostiene y me enseña a descansar.
Él es en todos: habita en mí, forma a Cristo en mí y transforma mi manera de vivir.
Esta es la culminación de la revelación. No solo Dios sobre mí para que yo ministre. No solo Dios por mí para que yo venza. Dios en mí para que Cristo sea visto.
Y ahora, para finalizar, queda un último pedido apostólico, una última confrontación necesaria, una pregunta que no podemos evadir:
“Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?”
2 Corintios 13:5
La pregunta final no es solamente si asistimos a la iglesia.
La pregunta final no es solamente si conocemos doctrina.
La pregunta final no es solamente si hemos sentido la unción.
La pregunta final no es solamente si Dios nos ha ayudado en batallas.
La pregunta final es: ¿Jesucristo está en nosotros?
¿Se ve Cristo en mi carácter?
¿Se ve Cristo en mi casa?
¿Se ve Cristo en mi trato?
¿Se ve Cristo en mi manera de hablar?
¿Se ve Cristo en mi servicio?
¿Se ve Cristo en mi perdón?
¿Se ve Cristo en mi obediencia?
¿Se ve Cristo cuando nadie me está mirando?
Porque la revelación de Cristo no termina en una confesión correcta, sino en una vida transformada. No basta decir que Jesús es el Cristo; ahora Cristo debe vivir en mí. No basta decir que Dios es Padre; ahora debo vivir como hijo. No basta decir Abba con la boca; el Espíritu del Hijo debe clamar desde mi corazón.
Hoy el Padre nos llama a dejar la esclavitud del temor y entrar en la libertad de los hijos. Nos llama a dejar la religión superficial y abrazar la formación espiritual. Nos llama a dejar de vivir desde la carne y comenzar a vivir desde el Espíritu. Nos llama a dejar de buscar solo una visitación y permitir que Cristo habite y gobierne en nosotros.


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